EL PROCESO DE MEDIACIÓN I: DEFINICIÓN Y CARACTERÍSTICAS

Comenzamos una serie de artículos en los que iremos analizando qué es y cómo llevar a cabo un Proceso de Mediación de forma satisfactoria para las partes.

DEFINICIÓN

La mediación es un procedimiento compuesto por una serie de estrategias y técnicas, mediante el cual las partes implicadas, con la participación y ayuda de un mediador imparcial e independiente, identifican, formulan y analizan las cuestiones en disputa, con el objetivo de desarrollar y proponer ellas mismas opciones o alternativas que les permitan llegar a un acuerdo que solucione el conflicto o mejore las relaciones entre las partes.

Una premisa básica de la mediación es la voluntariedad de las partes en acudir al mediador y abordar un proceso de mediación, así como la aceptación sin reservas del mediador como persona imparcial e independiente sin ninguna relación con el problema o conflicto que las enfrenta, de manera que lo perciban como una figura que les va a ayudar a encontrar un acuerdo, pero nunca como un enemigo ni tampoco como un aliado.

CARACTERÍSTICAS DE LA MEDIACIÓN

La característica más importante de la mediación, y lo que la distingue esencialmente de la negociación, es la intervención de una tercera parte. Además, el mediador ha de mantener una posición neutral acerca del fondo del problema, sin opinar o valorar las actitudes o el comportamiento de las partes, así como tampoco proponer o tomar decisiones sobre las soluciones o alternativas propuestas por los implicados. Es decir, el mediador no tiene capacidad para imponer la solución al conflicto, y simplemente ha de facilitar que las partes implicadas lleguen a un acuerdo. En conclusión, el mediador tiene la responsabilidad de lograr un proceso seguro, garantizando idénticas oportunidades para todas las partes implicadas, dejando la responsabilidad a estas acerca del contenido del acuerdo alcanzado.

El segundo elemento fundamental de la mediación es su objetivo, si bien existen diferencias según los distintos enfoques. Parece obvio que toda mediación ha de perseguir la obtención de una solución o un acuerdo que resuelva el problema, pero esto no siempre es lo único deseable o posible. En algunos modelos lo esencial es llegar a un acuerdo, aproximando los objetivos de las partes, pero otros planteamientos valoran los objetivos como provisionales, y se centran en lograr una mejora de las relaciones entre las partes enfrentadas. Para otros, lo fundamental es conseguir que las personas implicadas adquieran la capacidad de gestionar conflictos y transformar sus relaciones.

Estos planteamientos se explican mejor si se tienen en cuenta el contexto, las relaciones y las características de los implicados en un proceso de mediación. Así, si se trata por ejemplo de un conflicto de tipo comercial o empresarial, o incluso de un conflicto laboral como puede ser pactar una rescisión de contrato, parece evidente que el objetivo ha de ser lograr un acuerdo que acepten ambas partes, de manera que en estos casos será más recomendable buscar un acuerdo.

Pero hay otras situaciones donde lo importante no sea lograr un acuerdo definitivo o que cierre un conflicto (quizá también porque esto no sea posible), sino perseguir que las partes implicadas logren recuperar o establecer su capacidad de diálogo, escucha, consideración o respeto mutuo, es decir, que sean capaces de asumir la creencia sobre su propia capacidad de resolver sus diferencias o enfrentamientos sin recurrir a terceras partes, ya sea un mediador o un juez. Se alude, entre otros muchos, a conflictos familiares, relacionales, organizacionales, institucionales, comunitarios, etc., en los que se desea ―o resulta imposible que sea de otra manera― que las relaciones se mantengan a medio o largo plazo; si además de las diferencias o conflictos existentes se añade la incapacidad o la imposibilidad de los implicados para relacionarse, se está ante situaciones que pueden tener consecuencias que van mucho más allá del problema de origen (por no mencionar otro ejemplo paradigmático, como pueden ser las comunidades de vecinos o de propietarios).

Parece, en consecuencia, que en este caso centrarse exclusivamente en la solución de un problema concreto no puede ser lo más operativo, ya que en este tipo de relaciones donde las diferencias pueden ser muy profundas es probable que los enfrentamientos y los conflictos surjan con frecuencia, de manera que parece preferible que la mediación logre una mejora de la relación o una capacidad de gestionar los conflictos.

ÁMBITOS DE LA MEDIACIÓN

Por último, y en relación con lo anterior, se debe mencionar la gran diversidad de ámbitos de aplicación donde la mediación resulta posible y eficaz en la resolución de conflictos. Sin entrar en las particularidades de cada uno de ellos, cabe mencionar los siguientes:

  • Mediación derivada desde un tribunal de justicia.
  • Mediación empresarial o de negocios.
  • Mediación laboral.
  • Mediación familiar.
  • Mediación vecinal o comunitaria.
  • Mediación víctima-ofensor (en materia penal).
  • Mediación escolar o en ámbitos educativos.
  • Mediación en ámbitos sanitarios.
  • Mediación en situaciones de acoso o mobbing (sin que sean materia penal).
  • Mediación urbana o ciudadana relacionada con asuntos públicos.
  • Mediación de Ombudsman (o defensores en distintos ámbitos: del pueblo, del menor, del ciudadano, del lector, universitario, etc.).

También hay situaciones donde han intervenido dos o más mediadores, estrategia conocida habitualmente como co-mediación, y en la que trabajan juntos y con igualdad de estatus conduciendo la mediación cuando la naturaleza de los problemas o conflictos requiere varias perspectivas.

 

Entradas relacionadas:

El proceso de mediación II: Funciones y rol del mediador

El proceso de mediación III: Estructura y fases de la mediación

El proceso de mediación IV: Técnicas y habilidades

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